Descubriendo el camino de Santiago. O Pedruozo, Regalos mágicos. Rodo López Quián

Descubriendo el camino de Santiago. O Pedruozo, Regalos mágicos. Rodo López Quián

1 1411
 
Despertamos aquella mañana con el cuerpo adolorido pero el alma liviana. Habíamos dejado atrás la jornada más larga del camino, y aún con las ampollas de Julia, el sueño reparador nos devolvió la certeza de que el sesenta por ciento de la travesía ya estaba andado. Nos esperaba la cuarta etapa, la penúltima, y la esperanza tenía el sabor del pan recién horneado que nos sirvieron en el desayuno.

Esperábamos el transporte frente a la casa rural que nos había cobijado la noche anterior, cuando se nos acercó un grupo de peregrinos también a la espera de su traslado. La conversación fluyó con la naturalidad de las cosas que están escritas en el viento. Fue entonces cuando un hombre se volvió hacia mí con una sonrisa que parecía conocerme desde siempre y me preguntó: —Eres mexicano, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. —De Chihuahua —me dijo—. —De Yucatán —respondí.
Entonces vino la pregunta insólita: —¿Qué talla de sombrero eres?

Me tomó por sorpresa. Le dije que no sabía, que apenas usaba sombrero, como si eso pudiera resolver su duda, sin lograrlo.
—Compré uno —me confesó—, pero luego me regalaron otro. El primero está nuevo. Si te queda, es tuyo.

Y sin más, abrió su mochila con el cuidado de quien desentierra un secreto. Sacó un sombrero de palma, tipo Panamá, claro como la luz del mediodía. Me lo extendió sin ceremonia, y antes de que pudiera decir palabra alguna, sentenció: —Es tuyo. Te lo regalo.

Me lo puse, y al sentirlo como hecho a mi medida, entendí que no era un simple objeto: era un mensaje del Apóstol. Un gesto que el universo me devolvía, como compensación por aquellos cupones de cena que yo había intentado regalar, sin éxito, días antes. Nos despedimos sin más palabras, como dos actores que terminan una escena irrepetible. No volví a verlo jamás.

En el centro de Arzúa, iniciamos el nuevo tramo con paso sereno. Las calles empedradas nos condujeron fuera del pueblo bajo un cielo nublado, sin amenaza de lluvia, con el aliento frío de catorce grados. Bajamos primero, para luego volver a subir, cruzando prados verdes y arboledas que nos llevaron hasta el río Brandezo, que corría manso como si también peregrinara.

Nos internamos en un bosque de robles y castaños bendecido por el rumor del río Ladrón. Julia caminaba con dificultad, acosada por dos grandes ampollas que le hacían del paso una penitencia. Yo, con dolores en las pantorrillas y la espalda, avanzaba a su lado con el entusiasmo intacto. El sendero, aún con sus llagas, seguía siendo promesa.

Pasamos un puente largo sobre una autopista de cuatro carriles, como si cruzáramos del mundo moderno al reino de los árboles. El bosque que nos recibió después parecía sembrado por manos divinas: los pinos se alineaban como soldados de un ejército vegetal, equidistantes, perfectos, con surcos entre ellos como pasillos de un templo invisible.

Julia, maravillada por la escena, pidió detenernos. Se metió entre los árboles y me pidió fotos. Le tomé varias, en distintas poses, y su risa se perdió entre los troncos como un eco de infancia.

Más adelante, al salir de una brecha y entrar a una comarca, nos sorprendió un bar peculiar: "Tía Dolores”. Un templo pagano de los caminantes, con botellas de cerveza vacías adornando cada rincón, cada rama, cada muro. Los peregrinos, en un ritual espontáneo, firmaban las botellas con tinta blanca, dejando frases, deseos, nombres. Aquellos cristales colgaban como exvotos. Pero al llegar, estaba cerrado. No pudimos dejar nuestra ofrenda, solo pudimos contemplan por fuera el santuario de botellas de cervezas vacias.
Siete horas después, vimos un letrero que anunciaba A Rúa. Creímos haber llegado, pero el destino real era O Pedruozo, dos kilómetros más adelante. Un castigo leve del camino, como si quisiera recordarnos que la meta nunca está donde uno la imagina.

Cuando el cansancio parecía vencernos, el sendero nos regaló palabras. Pequeños carteles escritos, colocados a la vereda del camino, nos hablaban con sabiduría ancestral: "Todo lo que llega tiene que marcharse, para aprender y crecer con amor..." "¿Por qué caminar tanto, si lo que has venido a buscar está en la quietud del momento?".

Cada frase era como una caricia en el alma. Cada palabra, una respuesta que no sabíamos que estábamos esperando.
En algún punto del camino nos reencontramos con los jóvenes peregrinos, el argentino y la española. Nos preguntaron a qué hora partiríamos al día siguiente. Les dije que, a la hora habitual, cerca de las ocho y media. Ellos tenían otros planes: partirían a las cuatro, para llegar antes del mediodía y asistir a la misa del peregrino. Esperaban ver en acción al Botafumeiro, el incensario colosal que vuela por la catedral como un cometa sagrado. Partirían aún de noche, con la luz de sus teléfonos como lámparas de fe.

Esa cuarta etapa, de dieciocho kilómetros, nos pareció benévola. Cansada, sí, pero no extenuante como las anteriores. Al llegar, el clima era más frío. Ocho grados que calaban los huesos. El edificio donde dormimos tenía calefacción, pero quedaba lejos de cualquier restaurante. Así que tras la ducha salimos a cenar, caminando un kilómetro más, ida y vuelta.

Esa noche dormimos con sentimientos divididos. Por un lado, la dicha de saber que solo veinte kilómetros nos separaban del final; por el otro, la tristeza de sentir que el final ya nos rozaba la piel. La aventura nos había domesticado. Éramos del camino, y el camino empezaba a irse.

Mañana nos esperaban el Monte do Gozo y la Catedral de Santiago de Compostela. Esa noche, solo nos quedaba agradecer por haber llegado hasta aquí.

Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN

Ser fuente de inspiración para que las personas logren sus propósitos, generen abundancia, disfruten las pequeñas cosas de la vida, y se conecten con su propia espiritualidad y la de sus seres queridos.

Unete a nuestra comunidad y participa INICIA SESIÓN o REGÍSTRATE

COMENTARIOS

Anónimo
Gua estás viviendo y narrando tu aventura con el corazón en la mano disfruta tu aventura Rodolfo, estoy sorprendida con la manera de llevar tu vida eres un aventurero y escritor o un escritor aventurero, de lo que leo muy claramente es que disfrutas al máximo lo que haces que bonito por ti en verdad me tienes sorprendida felicidades Rodolfo Lopez Quian

Escribe un comentario.