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Descubriendo el camino de Santiago. Rodo López Quian
Descubriendo el camino de Santiago. Rodo López Quian
Santiago de Compostela, Sorpresas, alegría y melancolía.
Aquel 10 de octubre de 2022 amaneció con el alma mojada. El cielo, apretado de nubes bajas, escurría una llovizna fría que calaba hasta los huesos, y el termómetro marcaba ocho grados. El agua caliente de la ducha apenas logró desperezar el cuerpo, y salimos a desayunar cobijados por la humedad persistente. Nos aguardaba la última etapa del camino, ese umbral entre la promesa y la despedida.
El corazón, sin saber si celebrar o lamentar, latía en un vaivén incierto. Por un lado, la ilusión del descanso y la satisfacción de haber llegado casi al final; por el otro, la tristeza muda de quien ve desvanecerse algo que no quiere soltar. Era como si estuviésemos embrujados por un hechizo que nos pedía seguir caminando, aunque también ansiáramos el término.
Partimos bajo una llovizna obstinada, enfundados en impermeables por primera vez en cinco días. Con el gorro del impermeable en la cabeza y la lluvia constante era difícil ver el camino con claridad, la vista hacia abajo y sin poder apreciar bien los paisajes ni tomar fotografías; la naturaleza parecía cubierta por un velo de ensueño. Tras una hora de avanzar a tientas, la lluvia cedió por fin. Nos despojamos de los impermeables y de los abrigos, como quien se sacude una pena antigua, y continuamos por entre los bosques húmedos, ahora renovados, como si acabaran de nacer.
El paisaje se había vuelto otro: las brumas colgaban entre los árboles como sábanas de los duendes, y la tierra mojada exhalaba un perfume vegetal, ancestral. Era un banquete de agua y vida, una fiesta silvestre en honor al caminante. Veredas cubiertas de verde y senderos que susurraban historias de los que anduvieron antes. Un regalo inesperado del cielo, de Dios, del Apóstol.
Entonces comenzamos a oír el rumor grave de los aviones. Como bestias metálicas ocultas tras la arboleda, pasaban descendiendo o alzándose. Nos dimos cuenta de que bordeábamos el aeropuerto de Lavacolla, el de Rosalía de Castro. Al terminar el rodeo nos salió al paso una pequeña capilla: la iglesia de Santa Lucía, construida en el siglo XVI, con su fachada de piedra silente. Frente a ella, una cafetería, y como un ritual de todos los días, hicimos allí la parada obligatoria. Media hora de reposo, una cerveza Estrella para el cuerpo y un sello más para la credencial del alma.
Allí conocimos a dos jóvenes españoles que venían haciendo el camino. Con la sencillez de quienes comparten secretos de viajeros, nos advirtieron que era necesario registrarse por internet para obtener la Compostela. Sacamos el móvil —la tecnología también peregrina— y reservamos nuestro lugar entre los que llegarían.
Continuamos nuestro andar atravesando la comarca y casi a la salida de la villa de Lavacolla se nos reveló la iglesia de San Paio de Sabugueira, solemne y cerrada, como una anciana dormida. Data del año 1840, y aunque no pudimos entrar, le rendimos homenaje con una fotografía y una reverencia discreta. Al salir de la villa cruzamos el río Sionlla por un puente de madera que parecía una nota de flauta entre la vegetación. Al otro lado, nos recibió otro bosque, pequeño y acogedor como un abrazo.
Pasado ese último remanso, el camino se volvió de asfalto. Cruzamos frente a la estación de la televisión gallega y comenzamos el ascenso hacia el Monte do Gozo, una colina de 370 metros desde donde, como una aparición en la bruma, se dejan ver por primera vez las torres de la Catedral. Fue entonces cuando la alegría se instaló definitivamente en el pecho: ver a lo lejos la meta nos llenó de un júbilo sereno, ese que sólo conoce el que ha perseverado. Ya faltaba poco.
Subimos, fotografiamos, descansamos. Y luego, cinco kilómetros más, como los últimos latidos de un corazón cansado pero enamorado.
Al entrar a la ciudad de Santiago de Compostela, nos encontramos con un enrejado cubierto de vegetación con las palabras que habíamos anhelado por días: "Santiago de Compostela”. Algunos peregrinos habían dejado ofrendas: pañuelos, banderas, piedras, colgantes. Nosotros dejamos nuestra imagen, esa que se toma con el alma tanto como con la cámara.
El cansancio era un huésped insolente que ya no podíamos ignorar. Pero, aun así, seguimos. Adelante iba un peregrino tambaleante, caminando como si cada paso fuera el último. Lo alcanzamos y le preguntamos con el clásico "Buen camino" si se sentía bien. Nos hizo una seña afirmativa, pero en sus ojos vimos el mismo fuego que ardía en nosotros: el del anhelo y el de la fatiga, acompañado de la fe y la devoción.
Media hora después, cerca de las cuatro de la tarde, cruzamos al casco histórico. Las calles empedradas, los muros románicos, góticos y barrocos nos dieron la bienvenida como si supieran nuestro nombre. Julia caminaba delante de mí, apoyada en sus bastones como si fueran muletas, contemplando con los ojos abiertos de par en par la belleza que nos rodeaba.
Más cerca de la catedral, los bares estaban llenos de peregrinos. Risas, brindis, bocados. Vida.
Y entonces, al doblar una esquina, la oímos. La gaita. Esas notas antiguas que no vienen del instrumento, sino del alma de Galicia misma. Se erizó la piel. Atravesamos el túnel mágico, esa antesala solemne, donde el gaitero eterno toca su melodía sin fin, como si guardara la entrada al paraíso. Mientras atravesábamos el túnel muchos pensamientos me inundaban, acompañados de emoción desbordante.
Al salir, la plaza del Obradoiro se abrió ante nosotros. Giramos la vista y allí estaba: la Catedral de Santiago de Compostela, como un sueño de piedra tallado por los siglos. Imponente, majestuosa, como si nos estuviera esperando desde siempre.
Las lágrimas no pidieron permiso. Rodaron libres, fecundas. Nos habíamos entregado al camino y el camino nos había devuelto algo que no sabíamos que nos faltaba. Nos sentamos, nos tumbamos sobre el piso de granito. Y como nosotros, muchos más. Cada uno con su historia, cada uno con su redención. Un coro de emociones nos envolvía: abrazos, risas, sollozos, retratos. ¡Se había logrado el propósito y habíamos llegado a la meta!, sin entrenamiento, sin saber con certeza, solo con el instinto y la intuición.
Tras media hora de contemplación sagrada, fuimos a la oficina del peregrino. Dolían los pies, las pantorrillas ardían, los músculos se quejaban. Pero la emoción era más fuerte. Con la Compostela en mano, salimos rumbo al hotel.
Y como si la historia no quisiera cerrarse todavía, nos encontramos con nuestros jóvenes amigos: el argentino y la española. Con una sonrisa que le brotaba del alma, él nos dijo: —Mira la mano de mi novia. Y ella, sin decir palabra, nos mostró el anillo de compromiso.
Nos contaron su historia como quien comparte un milagro. Salieron de O Pedrouzo a las cuatro de la madrugada con las linternas de sus teléfonos. Alcanzaron la misa del mediodía, vieron al botafumeiro elevarse como un ángel de incienso, y al final de la ceremonia, él le pidió matrimonio. Ella aceptó.
Nos abrazamos. Nos bendijimos. Y nos despedimos.
La llegada a la Catedral, después del largo peregrinar, se sintió como un bálsamo que curaba los pies y el alma. Tras la reconfortante ducha, que disolvió el polvo del camino y el cansancio acumulado, y el cambio del calzado rudo por la amable caricia de unas sandalias más cómodas, nuestros pasos se encaminaron, casi por instinto, hacia el corazón de la ciudad: la Catedral de Santiago. Íbamos, con la devoción suspendida en el aire como una promesa, a visitar los restos mortales del Apóstol Santiago, y a escuchar la misa del peregrino de las siete de la noche, esa misma que, como un eco ancestral, ha resonado por siglos bajo aquellas bóvedas góticas.
La visita al Apóstol fue, en verdad, una epifanía cargada de una emoción tan densa que podía casi palparse. Aunque la fila serpenteaba como un río de fe y paciencia, y el tiempo frente al cofre que contenía los restos sagrados se desvanecía en apenas un latido, cada segundo de esa espera, desde el primer paso en la larga hilera hasta el instante fugaz frente al relicario, se convirtió en una eternidad de gratitud. Era el momento preciso para agradecer al Apóstol por la maravilla inefable de haber llegado hasta él, pedir su eterna protección y cuidado, y sentir, con una certeza que trascendía lo terrenal, cómo su divinidad se fundía con nuestra carne y nuestro espíritu, inundándolo todo. Aquel año de 2022, un tiempo incierto donde el aliento del coronavirus aún se cernía como una bruma sobre el mundo, no nos fue permitido el abrazo al Apóstol Santiago, que se alza majestuoso en la parte superior del altar, vigilante y solemne. Un gesto de profunda comunión, tan hermoso como una oración silenciosa, que lamentablemente no pudimos consumir en esa ocasión.
La misa, sin embargo, fue un lienzo vibrante de voces y oraciones, una asamblea de almas peregrinas venidas de los cuatro confines del mundo, cada una con su propia historia tallada en el rostro y el cansancio en los ojos. Nuestros jóvenes amigos nos habían anticipado la fortuna de haber presenciado el vuelo del Botafumeiro, ese gigante incensario que es leyenda. Por ello, pensamos que la suerte no nos sonreiría dos veces. Otros peregrinos nos habían confesado, con un suspiro de resignación, que el Botafumeiro solo alzaba su vuelo en días de solemnes festividades religiosas o cuando alguna mano generosa, desprendida hasta el último céntimo, pagaba la cuantiosa suma de quinientos euros para ponerlo en movimiento, como si se tratara de un capricho divino al alcance solo de unos pocos. Y sin embargo, al término de la misa, un murmullo de expectación recorrió la nave. Vimos entonces cómo ocho hombres, fornidos y silenciosos, se acercaban con la solemnidad de un rito ancestral a un antiguo pilastrón, donde las sogas que sujetaban al colosal incensario, suspendidas como un corazón latente en la cúpula principal de la Catedral, estaban firmemente amarradas. Después de desatarlas con una destreza aprendida de siglos de tradición, comenzaron a tirar de ellas con un ritmo hipnótico, produciendo el equilibrio majestuoso del gigante. Julia, con la astucia de quien reconoce un milagro, no perdió ni un instante para capturar en su cámara de vídeo la mágica danza de aquel acto, que parecía sacado de un sueño.
Terminada la visita al Apóstol, con su promesa de eternidad, y la misa que nos había envuelto en su manto de fe, nos dejamos llevar por el antojo de la noche hacia un bonito restaurante cercano, donde el sabor de la cena se hermanó con la profunda y oscura verdad de un delicioso vino tinto. Después, con el espíritu reconfortado y el cuerpo ligero, regresamos a la Plaza del Obradoiro. Allí, bajo el manto de una noche ya profunda, nos detuvimos a contemplar la Catedral bañada por la luz. Las luces de los edificios contiguos danzaban con las de la propia catedral, creando un espectáculo de sombras y resplandores que se alzaba hacia el cielo. Y por encima de todo, una hermosa Luna, plena y vigilante, se erguía como un faro gigante, una silenciosa testigo de nuestra profunda admiración. Nos rendimos entonces, no sin un suspiro de íntima dicha, tirándonos sobre la piedra de granito que adorna el piso de la plaza, fría y sabia bajo nuestros cuerpos. Y allí, en esa inmovilidad cómplice, contemplamos durante media hora la inmensa maravilla que nuestros ojos podían absorber, cada detalle, cada sombra, cada rayo de luz, grabándose para siempre en la memoria del alma.
Tocaba dormir y descansar con la alegría del deber cumplido, al día siguiente nos iríamos a Finisterre a visitar la cruz, el kilometro cero y ver esos paisajes de ensueño que los romanos llamaban el fin del mundo.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Inspirar a las personas a lograr sus propósitos, generar abundancia, apreciar las pequeñas cosas de la vida y fortalecer su conexión con la espiritualidad, tanto la propia como la de sus seres queridos.













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