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Descubriendo el camino de Santiago. Portomarín: La primera puesta a prueba. Rodolfo López
Descubriendo el camino de Santiago. Portomarín: La primera puesta a prueba. Rodolfo López
Era la madrugada del seis de octubre de 2022, y habíamos dormido con una profundidad que solo concede el cansancio acumulado de los días. Una ducha caliente nos devolvió al mundo de los vivos y, tras un desayuno más simbólico que sustancioso, nos declaramos listos para comenzar el primer tramo del camino hacia Portomarín.
El sol apenas insinuaba su presencia tras una cortina de nubes grises que vestía la mañana, como si el cielo aún dudara en dar paso al día. Eran las ocho y media, el termómetro marcaba doce grados. Para nosotros, hijos del trópico y acostumbrados al bochorno de los treintaicinco, aquello era frío de entierro. Salimos con la mochila al hombro, los bastones aún en sus fundas y una voluntad intacta, como si quisiéramos convencer al destino de que estábamos hechos para ese andar.
El nerviosismo, ese animal indomable de los inicios, nos llevó por un camino equivocado. Caminamos durante un buen rato por una senda extraña, vacía de almas y de señales, hasta que, tras media hora de silencio y duda, avistamos a lo lejos a unos peregrinos que avanzaban por una vereda paralela. Nos dirigimos hacia ellos como náufragos que avistan tierra, y así reencontramos el camino verdadero, ese que nunca espera, pero siempre perdona.
Los paisajes eran un regalo de los dioses antiguos: campos verdes que olían a humedad y eternidad, contrastaban con un cielo que se pintaba de rojos, amarillos y azules con el lento despertar del sol. Todo parecía obra de un pintor naturalista e inspirado.
Después de poco más de una hora de marcha, paramos en un bar a la entrada de un pueblo cuyo nombre se nos olvidó, pero cuya calidez recordamos aún. Tomamos café, y después de desechar los líquidos sobrantes del cuerpo nos despojamos de los zapatos, untamos vaselina en los pies como un acto preventivo contra las apollas, y tras respirar hondo y cruzar algunas miradas cómplices, continuamos el camino. Hicimos tres paradas en total durante toda la jornada.
Lo que más nos sorprendía no era el paisaje, ni el silencio, ni el rumor del viento entre los árboles, sino la gente. Españoles, franceses, italianos, alemanes, argentinos… y también, por supuesto, otros mexicanos. Caminaban junto a nosotros con el mismo paso incierto, buscando algo que nadie sabía explicar con palabras.
En nuestras mochilas llevábamos cocida una pequeña bandera de México, y eso bastaba para que, al pasar, nos gritaran "¡Viva México!” con una efusión que estremecía. Era un pequeño milagro de reconocimiento, una caricia al alma. Como si el peso de la mochila y del cuerpo se aligerara con cada saludo.
Yo caminaba con una emoción que me rebosaba en la mirada, deseando avanzar, comerme el camino. Julia, en cambio, marchaba con su propio ritmo, más lento, más introspectivo. Así, terminé por avanzar doscientos metros y esperarla. Y ella, por su parte, intentaba alcanzarme, aunque sin conseguirlo. Ese fue nuestro primer reto: comprender que cada quien peregrina a su manera y por razones distintas. Yo tenía los motivos claros; ella, apenas los intuía.
A medida que avanzábamos, los kilómetros iban pesando. Tras los primeros diez, el cuerpo de Julia empezó a resentirse. Su paso se hizo más lento, más corto, pero su actitud seguía intacta, como una vela encendida en medio del viento.
A unos cuatro kilómetros de Portomarín, el camino se bifurca. Hay una ruta histórica y otra complementaria. La primera es más difícil: una bajada pronunciada entre piedras sueltas que pone a prueba rodillas y fe. La segunda, más suave, es la opción de los prudentes. Nosotros, por supuesto, elegimos la ruta histórica. Queríamos llegar al rio Miño y tocar la Campana de la Libertad, instalada en 2020 sobre un monolito junto al nuevo puente, no como tradición del camino, sino como símbolo de la comarca. Muchos peregrinos al llegar tocan la campana pensando que es parte de la historia del camino.
Cuando al fin tocamos la campana, nos invadió una sensación de triunfo. El cuerpo temblaba de cansancio, pero el alma vibraba. A pesar que aun faltaba atravesar el rio Miño por un puente nuevo de trescientos metros construido sobre el antiguo puente romano, de los cuales apenas se pueden ver sus cimientos.
Y entonces, cuando creímos que ya habíamos vencido el día, apareció ante nosotros la última prueba: una escalinata de granito con ochenta y dos escalones que se alzaba como una muralla antes de entrar a Portomarín. Nos miramos, soltamos una carcajada que mezclaba dolor y asombro, y comenzamos a subirla, escalón por escalón, como si cada peldaño fuera el resumen del esfuerzo vivido. Habíamos recorrido veintidós kilómetros en una media de siete horas.
Una vez tomadas las fotos en la entrada con las letras de Puertomarín. Aún quedaban unos seiscientos metros de camino para nuestro hostal "Pazo de Berbetoros” un lugar muy bonito con un estilo que combina la tradición con toques rústicos y elementos moderno. Al fin llegamos con el cuerpo al borde del colapso y, tras una ducha reconfortante como un rico masaje a los músculos adoloridos, le dije a Julia:
—Vamos a escuchar la misa del peregrino.
—¿Todavía tienes ganas de caminar? —me respondió, entre divertida y rendida.
—Sí —dije—. Quiero oír misa y ver el pueblo. No sé si algún día volveré aquí.
Fuimos. Escuchamos misa. Cenamos. Y al regresar a la habitación, empacamos con lentitud y silencios largos, sabiendo que el camino, ese que se hace al andar, nos esperaba al día siguiente con nuevas pruebas y promesas.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Asesor y consultor fiscal y de negocios
Contacto: fispack@hotmail.com
Es Doctor en Ciencias de lo Fiscal por el Instituto de Especialización para Ejecutivos, Maestro en Mercadotecnia por la Universidad Anáhuac Mayab, Contador Público egresado de la UADY, Instructor Certificado con normas de competencia laboral con más de 30 años de experiencia. Maestro en Programación Neurolingüística. Ha impartido capacitación en diversos colegios y asociaciones especializadas. Integrante de Comisiones consultivas de fiscal, finanzas y comercio exterior del Colegio de Contadores Públicos de Yucatán y Sindico Titular del mismo colegio ante al SAT por el periodo 2019 - 2023.
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