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Productividad sin apapacho: la trampa del control. Juan Carlos García Barcala
Productividad sin apapacho: la trampa del control. Juan Carlos García Barcala
Todos queremos empresas más productivas. Más ágiles. Más eficientes. Equipos que cumplan objetivos y generen mejores resultados. El problema comienza cuando confundimos productividad con control absoluto.
Muchos líderes llegan a una conclusión aparentemente lógica: si reviso cada detalle, superviso cada decisión y participo en cada paso del proceso, las cosas saldrán mejor. Después de todo, ¿quién conoce el negocio mejor que ellos?
Sin darse cuenta, cruzan una línea muy delgada.
Lo que comenzó como interés genuino por asegurar resultados termina convirtiéndose en la necesidad de validarlo todo. Cada propuesta requiere autorización. Cada decisión debe escalarse. Cada problema termina en el mismo escritorio. El mensaje implícito es claro: "Confío en ti, pero no lo suficiente”.
Al principio parece funcionar. Hay menos errores visibles y una mayor sensación de control. Sin embargo, empiezan a aparecer costos que rara vez se reflejan en los indicadores.
Las personas dejan de tomar iniciativa porque saben que alguien revisará o corregirá cualquier decisión. Los líderes intermedios dejan de liderar y se convierten en simples transmisores de instrucciones. La creatividad disminuye porque proponer algo diferente implica exponerse a una nueva ronda de aprobación.
Esto es paradójico, porque el intento por aumentar la productividad termina reduciéndola.
No porque las personas sean menos capaces, sino porque ninguna organización puede ser ágil cuando todo depende de una sola persona. Los cuellos de botella no siempre están en los procesos; muchas veces están en la estructura de decisión.
Ahora bien, tampoco se trata de abandonar el seguimiento o dejar que cada quien haga lo que quiera. La falta de dirección también genera errores, desperdicio y confusión.
El verdadero reto está en encontrar el equilibrio entre control y confianza.
En México tenemos una palabra difícil de traducir a otros idiomas: "apapacho”. Más allá de un gesto de cariño, representa cercanía, reconocimiento y apoyo genuino hacia otra persona. En las organizaciones, el apapacho no significa consentir ni evitar conversaciones difíciles. Significa entender que las personas necesitan algo más que indicadores y listas de tareas. Necesitan sentirse escuchadas. Necesitan saber que pueden aprender de sus errores. Que sus ideas serán consideradas. Que existe acompañamiento cuando enfrentan desafíos complejos. Que detrás de cada puesto hay una persona que merece respeto y confianza.
Porque los equipos no están formados por recursos; están formados por seres humanos. Y los seres humanos responden mejor cuando existe una combinación de claridad y autonomía.
Claridad para definir expectativas, prioridades y objetivos. Claridad para dar retroalimentación oportuna y corregir cuando sea necesario.
Pero también autonomía para decidir, proponer, innovar y asumir responsabilidad por los resultados.
Los mejores líderes entienden que su trabajo no consiste en estar presentes en cada decisión. Su verdadera función es desarrollar personas capaces de tomar buenas decisiones incluso cuando ellos no están ahí.
Eso exige algo que muchos consideran incómodo: soltar parte del control.
Especialmente para quienes construyeron su empresa desde cero. Es natural pensar que nadie cuidará el negocio como ellos. Pero si una organización solo funciona cuando el director interviene en todo, el problema no es de productividad; es de dependencia.
La productividad importa. México necesita empresas más competitivas y mejor preparadas para enfrentar un entorno cada vez más exigente.
Pero la pregunta no es si debemos buscar productividad. La pregunta es cómo queremos alcanzarla.
¿A través del control permanente o mediante la confianza responsable?
¿Formando ejecutores que esperan instrucciones o desarrollando líderes capaces de pensar y actuar?
Porque al final, las organizaciones más sólidas no son aquellas donde una persona revisa absolutamente todo. Son aquellas donde las personas saben qué hacer, entienden por qué hacerlo y cuentan con la confianza necesaria para actuar.
La productividad es indispensable. Pero cuando se persigue sin confianza, sin autonomía y sin un poco de ese apapacho tan nuestro, puede terminar destruyendo exactamente aquello que pretendía fortalecer: el compromiso, la iniciativa y la capacidad de los equipos para generar resultados sostenibles.
Juan Carlos García Barcala
Juan Carlos es ingeniero industrial y de sistemas por el Tecnológico de Monterrey, con una Maestría en Sistemas de Calidad y Productividad y una especialidad en Administración Financiera. Actualmente, es socio director de PlanEs, empresa de consultoría en planeación estratégica. Ha sido Director General de la Agencia para el Desarrollo de Yucatán y Coordinador General de Proyectos Estratégicos. Apasionado de la tecnología, la lectura, la familia y la buena comida, es también fan del Real Madrid. Su carrera combina excelencia profesional con un enfoque integral en su vida personal.
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