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Descubriendo el camino de Santiago. Arzúa, Visitas inesperadas. Rodo López Quián
Descubriendo el camino de Santiago. Arzúa, Visitas inesperadas. Rodo López Quián
Eran las ocho y media de la mañana del ocho de octubre del año dos mil veintidós. El cielo, encapotado pero sereno, era un toldo gris sin promesa de lluvia. Iniciábamos la tercera etapa del camino hacia Arzúa, con veintiocho kilómetros por delante y un tramo conocido por los peregrinos como el rompepiernas, por esa orografía ondulante que sube y baja como si el suelo mismo respirara con dificultad, volviendo cada paso una prueba de voluntad.
El cansancio acumulado ya nos había enseñado que las metas no se miden en kilómetros, sino en la fe que uno pone en alcanzarlas. Habíamos hecho el pacto de caminar al ritmo de Julia, sin importar el tiempo ni el cansancio, ni esa desesperación muda que a veces acompaña el silencio de los pies cuando ya no quieren avanzar. Palas de Rei aún dormía entre muros románicos y recuerdos de peregrinos medievales cuando comenzamos a dejarla atrás.
El sendero nos regaló un desfile de verdes y ocres: prados húmedos, castaños centenarios, abedules con la piel blanca como papel, y eucaliptos cuyo aroma lo invadía todo como un recuerdo del mar. Entre bosques y terrenos planos, los ríos corrían con pereza antigua, y los puentes de piedra romana parecían hablarnos en susurros, como viejos que guardan secretos del mundo desde hace siglos.
Como en cada jornada, después de unos diez kilómetros hicimos una pausa. La ampolla de Julia —esa flor de dolor en la planta del pie— crecía sin clemencia, y otra nueva le nacía como si el cuerpo supiera que la obstinación también duele. Pero ella, a pesar del tormento, no se quejaba. Caminaba con la piña de pino aún en la mano, como si llevara consigo un amuleto, un fragmento del bosque que la protegía o le daba fuerza. Yo, a su lado, caminaba tres o cuatro pasos detrás, no por cansancio sino para no dejarme arrastrar por el ímpetu de la marcha y así cumplir la promesa de ir con ella.
Al llegar al puente de San Xoán de Furelos, a la entrada de Melide, el alma se nos llenó de historia. Aquel viejo paso de piedra negra, con sus arcos perfectos y sus pilares de cantería traída de Pambre, parecía suspendido en el tiempo. Tres kilómetros más y ya estábamos en Melide, una villa gallega que huele a pulpo y a vino blanco, aunque esa tarde ni el apetito ni el cuerpo nos permitieron el festín.
Nos sentamos brevemente en un parque, untamos vaselina a los pies, y retomamos la marcha. Apenas estábamos un poco más allá de la mitad. Pronto llegamos al arroyo Catasol, que se dejaba atravesar por seis piedras grandes, alineadas con la paciencia de los siglos sobre otras más pequeñas que hacían de base. Fue entonces que el verdadero suplicio comenzó: las subidas nos partían las rodillas, las bajadas nos doblaban los tobillos, las pantorrillas se hinchaban como peces inflados, y los pies protestaban como si llevaran clavos ocultos.
Cada aldea que cruzábamos era como entrar en un sueño medieval: casas de piedra musgosa, iglesias románicas, hórreos en pie como guardianes de las cosechas, y puentes que seguían contando la misma historia a quien supiera escucharla. Los bosques nos recibían con su sombra como quien invita a entrar a una cueva sagrada.
El tiempo había perdido toda lógica. Llevábamos más de diez horas de marcha cuando Julia, con dos ampollas ya declaradas y los bastones como muletas de peregrina vencida, le pedía permiso a un pie para mover el otro. Yo caminaba a su lado, lo más cerca que podía, ambos casi a oscuras por dentro, aunque aún con luz natural gracias a la generosidad del anochecer español.
Finalmente apareció ante nosotros una glorieta, una gasolinera, la entrada a Arzúa. El centro del pueblo estaba todavía a dos kilómetros. Nuestro hospedaje no estaba en la ciudad sino en una casa rural, y eso implicaba un traslado adicional. Viendo el estado de Julia, con sus pasos quebrados y la dignidad intacta, decidí que habíamos hecho suficiente por aquel día. Le propuse descansar en la gasolinera y pedir desde allí el transporte.
—Pero no hemos llegado al poblado —me dijo ella—. No vamos a cumplir con la etapa completa.
—La etapa ya la cumplimos, y con creces —le respondí—. Mañana retomamos desde el centro.
Así fue. Pedimos el traslado y unos quince minutos después llegó un chofer de pocas palabras y sabiduría profunda. Durante el trayecto, como si nos leyera el alma, nos dijo: —El Camino le enseña a cada quien lo que necesita aprender. Nunca es igual para dos personas -.
Sus palabras se clavaron en mi mente como una advertencia sagrada. Llegamos a la "Casa Brandariz” casi a las ocho de la noche. Nos recibió Eduardo, el dueño, cocinero y anfitrión, un hombre amable que nos ofreció lo más importante de ese momento: una ducha caliente, una cena esperándonos, y la promesa del descanso. Cenamos como si fuéramos reyes medievales: vino tinto, platos de comida gallega servidos con generosidad y hospitalidad antigua.
Después de la cena paseamos por la casa, una construcción que data de 1523. Eduardo nos habló de sus ancestros, de cómo todos habían nacido ahí, bajo esas mismas vigas, entre esos mismos muros. Visitamos una pequeña capilla a un costado, y tomamos algunas fotos, como si quisiéramos dejar constancia de una presencia invisible.
Ya en el dormitorio, el cansancio me venció como un narcótico. Pero Julia no tuvo la misma suerte. Al cerrar los ojos, sintió que varias presencias se colocaban a su alrededor. Voces apagadas, como de otra época, hablaban entre ellas. Se inclinaban sobre ella con curiosidad antigua, preguntándose quién era, qué hacía allí. No los veía con los ojos abiertos, pero los sentía con los del alma. Rezó con fervor. Intentó despertarme, pero yo ya estaba en manos de Morfeo. Al final, el cansancio hizo lo suyo y el sueño vino como un manto.
A la mañana siguiente, nos esperaba la penúltima etapa. Ya habíamos recorrido más de la mitad. Solo cuarenta kilómetros más y llegaríamos al sepulcro del Apóstol Santiago.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Asesor y consultor fiscal y de negocios /contacto: fispack@hotmail.com
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