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Catalina de Binimel-lá. Cuento de Ricardo Alcántara
Catalina de Binimel-lá. Cuento de Ricardo Alcántara
Un buen día el mandamás la llamó y le dijo: - Catalina, a partir de ahora tú vigilarás el puente que conduce a mi reino. - ¿Yo? - se sorprendió ella, y no era para menos
Aquella tarea era de gran responsabilidad, pues se trataba de decidir, sin consultar a nadie, quién podía pasar y quién no.
-Estoy convencido de que lo harás muy bien. - afirmó él.
Catalina se encogió de hombros. Si el mandamás estaba convencido, ¿quién era ella para dudarlo? Así es que al día siguiente se marchó de buena mañana y, justo al medio día, tomó posesión de su nuevo cargo. Se instaló en una cabaña de madera, construida a orillas del caudaloso río que fluía bajo el puente. Ésa sería su nueva morada.
La noticia pronto corrió de boca en boca, y antes del anochecer se sabía en casi todos los pueblos y ciudades de los alrededores.
También hasta Tandil llegó la noticia.
-¡¿Y quién es esa tal Catalina de Binimel-lá?¡ -preguntó en tono ácido don Benhalí, el próspero señor de aquellas tierras.
Sus Ayudantes se miraron unos a otros, sin poder responder, pues tampoco ellos tenían la menor idea. Sólo sabían que estaba allí por expreso deseo del mandamás. -Siendo así, no hay más que discutir -sentenció don Benhalí, aunque con mal sabor de boca, tanto que necesitó beber un trago de vino.
Pero, por mucho que le pesara, y estando incluso en total desacuerdo, no pensaba discutir una decisión del mandamás. Mucho menos entonces que, según le habían comentado, el mandamás pensaba llamarlo a su lado para integrarlo a su corte. Así pues, necesitaba hacer méritos, ya que formar parte de aquella corte constituía el sueño de su vida. Y por ello, para mostrarse digno de tan alto honor, se esforzaba todo lo que podía. Claro que a su manera.
Exigía a sus campesinos unas jornadas de trabajo inhumanas. A los artesanos, los obligaba a trabajar más allá de sus fuerzas. Los pescadores se pasaban noche y día en el mar, tirando y recogiendo sus redes. Pero, a pesar de ello, don Benhalí no estaba contento. Sus ilimitadas riquezas le sabían a poco, quería más y más. Porque cuando llegara el momento tan deseado, él anhelaba presentarse ante el mandamás cargado de oro, para dejar bien clara su privilegiada posición.
Así pues, cegado por la ambición, obligaba a sus vasallos a que dejaran la piel en el trabajo.
-¡Cultivad hasta el último palmo de tierra! - ordenó cierta vez a sus campesinos. -Señor, todos los campos están sembrados - se atrevió a responder uno de ellos.
Y don Benhalí, fuera de sí, replicó en tono airado:
-¡Entonces, si ya no hay más tierras, plantad trigo en las macetas!
Los aldeanos no respondieron. Eso sí, se miraron unos a otros como diciendo: "No sabe lo que dice” .
Claro que no, como tampoco sabía don Benhalí qué hacer para incrementar aún más sus ingresos. Caminaba atropelladamente como las aguas desbordadas; le gritaba a todo aquel que encontraba a su paso; era capaz de enfadarse con el propio sol si no brillaba a su antojo… Y casi no le quedaba tiempo para otra cosa, ni siquiera para comer. Comía de pie, para no demorarse más de la cuenta, y engullía sin saber siquiera qué era lo que estaba tragando.
Catalina de Binimel-lá, siempre atenta y vigilante, pronto se percató de ello. "Así jamás superará la prueba para entrar en la corte del mandamás”, dijo para sus adentros. Y, puesto que aún estaba a tiempo, decidió tomar cartas en el asunto.
Rápida como el viento se encaminó a la cocina y preparó con mucho esmero un pastel de chocolate. Tras sacarlo del horno, esperó a que se enfriara y lo decoró tan ricamente que el más desganado se hubiera relamido.
Una vez acabado, se lo envió a don Benhalí, con una nota que decía: ¡Que le aproveche! Y firmaba: "Catalina de Binimel-lá”.
-¡Qué horror, esto engorda una barbaridad! - exclamó don Benhalí al verlo y, sin más, ordenó a su ayuda de cámara- ¡Échaselo a los perros!
"¡Guau guau!” dijo el hombre para sus adentros, y desapareció con el pastel.
A toda prisa lo llevó a la cocina y, tras avisar al resto de los criados, entre todos se lo zamparon en un santiamén. Esto tampoco le pasó por alto a la astuta Catalina, pero no les hizo el menor reproche. Es más, incluso lo encontró gracioso.
Sin embargo, sí le dio importancia a la actitud de don Benhalí. Pero ella como no es de las personas que se dan por vencidas antes de tiempo, decidió enviarle otro aviso.
Puesto que los dulces no le apetecían, le preparó un guiso de pescado. Estaba tan bueno que, sólo por el olor, resultaba casi imposible resistirse a la tentación de probarlo.
Don Benhalí le echó una mirada despectiva, y luego preguntó en tono de desconfianza: -¿A qué vienen tantos regalos? ¿Qué se propondrá esa tal Catalina de Binimel-lá? Y, convencido de que nada bueno se traía entre manos, ordenó a su ayuda de cámara: -¡Échaselo a los gatos! - ¡Si, señor! - respondió el otro, más obediente de lo habitual, y desapareció con el plato mientras para sus adentros decía: "¡Miau, miau!”.
"Vaya, vaya…” se lamentó Catalina, meneando la cabeza con preocupación. Y, tras mucho meditarlo, decidió hacer un último intento. Entonces le envió un gran tarro de miel.
-Señor, otro regalo - anunció el ayuda de cámara a don Benhalí, sin preguntar siquiera qué habrá dentro, ordenó malhumorado: - Tíralo a la basura.
-Ahora mismo - respondió el otro, disimulando a duras penas lo contento que estaba, mientras se decía: "¡Nam, ñam!”
"Bien, él se lo ha buscado”, concluyó Catalina, y ya no hizo más por ayudarlo. Y él, que había perdido el gusto por todo, sólo pensaba en estar junto al mandamás.
Hasta que una mañana, al romper el alba, se presentó en su habitación una paloma mensajera.
Como don Benalí aún dormía, el animal lo despertó con sus arrullos.
-¡Eh! ¿Qué pasa? -exclamó el hombre sobresaltado, y con un humor del demonio.
Tal era su enfado que ya se disponía a arrojar a la pobre paloma una zapatilla para ver si así la hacía callar. Pero, afortunadamente, reconoció a tiempo el desatino que había estado a punto de cometer. Se incorporó de un salto y cogió la nota que llevaba la paloma en el pico.
La leyó: "Benalí, te quiero en mi corte lo antes posible”.
-¡Allá voy! - chilló don Benhalí saliendo de la cama de un salto y, sin perder ni un segundo, comenzó a prepararse. Tal como tenía previsto, se puso un traje blanco, unas botas doradas y un aparatoso sombrero del que pendía una pluma desmesuradamente grande. Y para completar su atuendo, se colgó del cinturón diez bolsas repletas de monedas de oro.
Era tal su prisa que se marchó sin despedirse de nadie.
Y, ya lejos, divisó a Catalina que lo estaba esperando.
-Buenos días - saludó al acercarse, en un tono de voz que no era precisamente simpático,
Pero, pasando ese detalle por alto, Catalina le respondió muy amable: ¡Buenos días!
Y, como ya lo tenía todo dispuesto, sin más preámbulos le ofreció un pastelito de hojaldre. - No me apetece -dijo don Benhalí, y desvió la mirada. - Si no lo prueba, jamás sabrá de qué está relleno. Y si no lo sabe, no podré dejarle cruzar el puente.
Don Benhalí clavó sus ojos en ella como si quisiera quemarla con la mirada. Y, sin disimular su ira, cogió el pastel. Se llevó el trozo a la boca, tratando de adivinar el gusto. Pero, poco acostumbrado como estaba a esos menesteres, lo cierto es que el pastel no le sabía a nada. Observó el relleno, y vio que era una pasta de color verde. Aunque eso tampoco le decía nada.
Catalina, al ver que jamás llegaría a adivinarlo, decidió brindarle una ayudadita, y le dijo a modo de adivinanza:
"Tengo vaina y no soy sable. Quien sepa mi nombre que hable”.
Don Benhalí se quedó aún más desconcertado. Era como si Catalina le hablara en un idioma totalmente extraño.
Al verlo tan perdido, ella probó a darle una última oportunidad:
-Aunque lo ocultes debajo de varios colchones, una auténtica princesa siempre lo notará.
-¿Qué…? -fue lo único que atinó a decir don Benhalí, que estaba cada vez más aturdido y desorientado. Así que, muy a pesar suyo, Catalina se vio en la obligación de decirle:
-Si no lo sabe, no puede cruzar el puente.
-Si me dejas pasar te daré la mitad de mi oro - le propuso don Benhalí, convencido de que así se saldría con la suya.
-Lo siento - respondió Catalina, y se plantó frente al puente, impidiéndole el paso.
Don Benhalí giró sobre sus talones, al tiempo que soltaba mil improperios. Y, rojo de rabia, se alejó de ahí. Pero al llegar a un recodo del camino, se escondió entre matorrales. Allí se estuvo un buen rato, tratando de descubrir la manera de burlar la vigilancia de Catalina. Y, tras darle vueltas y más vueltas, por fin se dijo alborozado: "¡Ya lo sé!” ¡Si no puedo pasar por arriba, pasaré por abajo!”
El muy pillo planeaba ganar la otra orilla a nado. Aguardó en su escondite el momento apropiado, pendiente de cada movimiento de Catalina. Y, en cuanto ésta entró en la cabaña, el impaciente don Benhalí se puso en marcha. Reptando como si fuera una lagartija, se acercó a la orilla y, sin hacer ruido, se metió en el agua.
Entonces, lleno de júbilo y saboreando de antemano la victoria, comenzó a dar brazadas y más brazadas. A pesar de su empeño, avanzaba lentamente pues a duras penas se mantenía a flote a causa del peso que llevaba.
Pero a don Benhalí ni se le pasó por la cabeza desprenderse de alguna de las bolsas para aligerar el peso. Y lo cierto es que, momento a momento, le resultaba más y más difícil continuar. Al llegar a la mitad del río ya casi no tenía fuerzas. Para colmo de males, allí la corriente era en verdad endemoniada.
Don Benhalí trató de resistir, pero nada pudo contra la fuerza del agua, que lo llevó río abajo, abajo.
FIN
Ricardo Alcántara nació en Montevideo, Uruguay, pero vive en Barcelona. Estudió psicología en Brasil, y en el transcurso de la carrera se dio cuenta de que quería seguir otros rumbos profesionales. Un anuncio de un concurso de literatura infantil en un periódico le indicó el camino a seguir. Este sería el inicio de una prolífica y premiada carrera como escritor. Ha ganado premios tan importantes como el Serra d’Or (primera vez que se otorgaba el premio a un libro no escrito en catalán), el Apel·les Mestres, el Austral o el Lazarillo de 1987.
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