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La innovación que nadie pidió. Juan Carlos García Barcala
La innovación que nadie pidió. Juan Carlos García Barcala
En 1984, los grupos de enfoque de Sony no arrojaron señales útiles. El mercado no pedía nada en particular. Sin embargo, Akio Morita llevaba meses observando algo diferente: jóvenes que cargaban enormes radiograbadoras por las calles de Tokio, que escuchaban música donde podían, que buscaban, sin saberlo, una forma de llevar su música consigo sin cargar con todo lo demás. El Walkman no respondió a una pregunta.
Respondió a una conducta que nadie había convertido en palabras.
En las empresas hacemos muchas veces lo contrario. Preguntamos a nuestros clientes qué quieren, medimos su satisfacción, analizamos encuestas y esperamos que de ahí surja la siguiente gran oportunidad. Escuchar al cliente es indispensable, pero tiene una limitación: asumimos que sabe lo que necesita y, además, cómo pedirlo. Y eso no siempre sucede.
Muchas necesidades están ahí, frente a nosotros, moldeando comportamientos y generando molestias cotidianas, pero todavía no tienen nombre. El cliente se adapta, improvisa una solución y sigue adelante. Nosotros vemos esa conducta todos los días y muchas veces tampoco la reconocemos como una oportunidad. Lo que no tiene nombre difícilmente puede ser demandado. Solo puede ser observado.
Cuando Steve Jobs presentó el iPhone en 2007, no respondía a una demanda de teléfonos sin teclado físico. Estaba interpretando una fricción acumulada: la torpeza de los dispositivos existentes, la separación entre comunicar, navegar y escuchar música, la incomodidad de llevar varios aparatos donde uno debería bastar. Nadie había pedido ese teléfono porque nadie podía imaginarlo todavía. Jobs no adivinó el futuro. Lo construyó leyendo cuidadosamente el presente.
Algo parecido ocurrió con Netflix en su transición hacia el streaming. En 2007, la mayoría de sus suscriptores estaba satisfecha con el DVD por correo. No había una demanda masiva de video en línea. Había, en cambio, una conducta emergente: personas que descargaban contenido ilegalmente por conveniencia y toleraban una mala calidad de imagen con tal de tener acceso inmediato. El equipo de Hastings no se limitó a preguntar qué quería el mercado. Observó qué hacía a pesar de los obstáculos que le imponía la industria. La diferencia es enorme.
Innovar, entonces, no consiste solamente en preguntar mejor. También implica aprender a observar mejor.
Ninguno de estos casos es únicamente resultado del genio individual que la mitología empresarial suele narrar. Detrás hay organizaciones capaces de sostener una forma distinta de mirar. Eso distingue a las empresas que innovan antes de que el mercado se los pida de aquellas que simplemente reaccionan: no solo la inteligencia de sus líderes, sino la capacidad de toda la organización para prestar atención.
Esas empresas dedican tiempo a observar comportamientos e identificar fricciones que los usuarios consideran tan normales que ni siquiera las reportan. Toleran no tener todas las respuestas desde el principio. Y, sobre todo, separan el momento de observar del momento de concluir.
Parece sencillo, pero no lo es.
La mayoría de los equipos ve algo, salta a una explicación y deja de observar. Queremos encontrar la respuesta demasiado rápido. Queremos convertir cualquier hallazgo en una solución, un producto o un nuevo proyecto. Pero a veces la innovación requiere lo contrario: convivir un poco más con el problema antes de intentar resolverlo.
La validación de hipótesis tiene enormes virtudes para optimizar productos que ya hemos imaginado, pero también un límite: solo puede confirmar o rechazar aquello que previamente se nos ocurrió. Difícilmente puede ayudarnos a descubrir las preguntas que todavía no sabemos hacer.
No se trata de dejar de escuchar al cliente. Se trata de entender que lo que dice es solo una parte de la información. También hay que observar lo que hace, dónde se complica, qué acepta por costumbre y qué soluciones improvisa para problemas que quizá nunca mencionaría en una encuesta.
La pregunta «¿qué quiere la gente?» sigue siendo importante. Pero quizá antes deberíamos hacernos otra:
¿Qué está haciendo la gente?
Porque el mercado nunca pedirá lo que todavía no puede imaginar. Esa es, precisamente, su invitación.
Juan Carlos García Barcala
Juan Carlos es ingeniero industrial y de sistemas por el Tecnológico de Monterrey, con una Maestría en Sistemas de Calidad y Productividad y una especialidad en Administración Financiera. Actualmente, es socio director de PlanEs, empresa de consultoría en planeación estratégica. Ha sido Director General de la Agencia para el Desarrollo de Yucatán y Coordinador General de Proyectos Estratégicos. Apasionado de la tecnología, la lectura, la familia y la buena comida, es también fan del Real Madrid. Su carrera combina excelencia profesional con un enfoque integral en su vida personal.
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