Descubriendo el camino de Santiago. Contigo hasta el fin del mundo. Rodo López Quián

Descubriendo el camino de Santiago. Contigo hasta el fin del mundo. Rodo López Quián

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Contigo hasta el fin del mundo: El Eco de lo Andado

Despertamos al frío de la madrugada, no con el sobresalto de un trueno, sino con la pausada lucidez que devuelve la conciencia a la realidad, esa que nos encontró en la Pensión Rua Nova, en Santiago de Compostela, al día siguiente de haber amarrado el último nudo de nuestra peregrinación. El cuerpo, terco como una mula vieja, aún no comprendía que el caminar había cesado, que los músculos, acostumbrados al rito ancestral del paso, debían ahora entregarse a la quietud. Pero el destino, con su caprichoso antojo, nos aguardaba. Hoy tocaba emprender un tour por la costa de Galicia, para alcanzar, con la gracia de Dios, el mismísimo Finisterre.

Nos alistamos con la parsimonia de quienes aún cargan el cansancio sagrado, saliendo a la oscuridad incipiente del amanecer. Las luces tenues del centro histórico se derramaban sobre las calles empedradas, como oro líquido sobre un lienzo antiguo, revelando la belleza sombría de sus edificaciones. Ni un alma, ni un susurro, solo el eco silencioso de nuestros propios pasos sobre las piedras milenarias.

Con la brújula invisible del móvil y la navegación digital como guía, nos dirigimos a la oficina de la empresa que nos llevaría al confín. El estómago reclamaba su tributo, pues el alba nos había sorprendido con su celeridad. Pero en el camino, como un espejismo bendito, apareció un pequeño lugar, un refugio de aromas dulces y promesas de calor. Era el único lugar con venta de alimentos abierto que habíamos visto a nuestro paso. Entramos y, entre el vapor y el murmullo, consumimos algo ligero. Julia, con la mirada de quien desvela un secreto, pidió unos churros con chocolate, y afirmó, con la convicción de una revelación, que eran los mejores que había probado en su vida. Los saboreó con la felicidad desinhibida de una niña frente a su golosina más anhelada, cada bocado una pequeña celebración.

Llegamos a la oficina, un nido de viajeros y sueños por cumplir, y abordamos el autobús, dispuestos a que el paisaje nos fuera desvelando sus secretos. La primera escala fue el puente romano de Ponte Maceira, un paso obligado para los peregrinos que continúan su andar hacia el fin de la tierra, una estructura que abraza el río Tambre con la sabiduría de los siglos. Un hermoso coloso, levantado sobre los cimientos romanos de un puente que lo antecedió, cinco arcos principales y dos aliviaderos que susurran historias de riadas y caminantes. Pudimos pisar sus piedras, descender hasta la orilla del río y capturar en fotografías la belleza que se negaba a ser efímera.

Luego, el viaje nos llevó a Muxía, junto al santuario de la Virgen da Barca, donde el mar Atlántico se estrella con la furia de un amante despechado. Visitamos una playa rocosa en la Costa da Morte, bautizada así por la trágica danza de los naufragios que sus aguas han presenciado, precisamente por su condición indómita frente al océano. El viento, en aquel lugar, parecía cargar los lamentos de las almas perdidas, un susurro constante de tragedias antiguas.

Posteriormente, nos dirigimos al Cabo de Finisterre, aquel lugar que los romanos, en su infinita presunción, consideraron el fin del mundo. Las vistas allí son de una espectacularidad que roza lo mítico, únicas e inabarcables, y en verdad, parece que uno ha llegado al límite de la existencia. Lo que se extiende ante los ojos es la vasta e inmensa quietud del Atlántico, contemplada desde la soberbia de sus acantilados, donde el horizonte se difumina en una promesa de nada y de todo.

Aunque el Camino de Santiago concluye oficialmente en la majestuosa Catedral de Santiago de Compostela, no pocos peregrinos prolongan su andar hasta Finisterre, donde la mayoría, en un ritual simbólico de purificación, queman sus ropas, dejando atrás las cargas del camino y las impurezas del alma. Un rito ligado a creencias paganas y cristianas, un lugar de transición y renacimiento, donde el viejo yo se consume para dar paso a uno nuevo.

Nosotros, es cierto, no recorrimos ese tramo a pie ni entregamos nuestras ropas a las llamas, pero la energía y la magia se percibían en el ambiente como una bruma tangible. Pude, con la certeza que solo dan los lugares sagrados, considerarlo un sitio donde dejar las cargas innecesarias, donde el cuerpo y el alma, aligerados, se preparan para un regreso diferente.

Tras visitar otros enclaves de interés, como Carnota, donde se alza uno de los hórreos más largos del mundo (esas construcciones elevadas de madera o piedra que guardan los granos como tesoros), regresamos a Santiago de Compostela. El día se despidió con una rica cena, acompañada por el vino español que desata risas y confidencias, y un merecido descanso que se extendió hasta las profundidades de la noche.

Al día siguiente, nos sumergimos en la historia y la fe con una visita guiada por el museo de la catedral, donde los siglos se revelan en cada reliquia. Otra visita guiada nos condujo por el centro histórico de Santiago, un laberinto de historias y leyendas, y continuamos paseando por los alrededores de la catedral. Una visita adicional al Apóstol Santiago, el peregrino eterno, era simplemente ineludible.


En el año de 2022, que era realmente el de 2021, el Año Santo Jubilar se había extendido por decreto del Papa Francisco, por la pandemia del Coronavirus. El Año Santo Jubilar en Santiago de Compostela se celebra cada vez que el 25 de julio cae en domingo, lo que había sucedido en el año 2021. Permite a los peregrinos obtener las indulgencias plenarias al cumplir con lo siguiente: visitar la catedral, orar por las intenciones del Papa, confesión y comunión, asistir a un acto litúrgico y cruzar la Puerta Santa. La Puerta Santa, también conocida como la Puerta del Perdón se abre durante el Año Santo Jubilar y permanece abierta solo durante ese año. Nosotros tuvimos la maravillosa fortuna de pasar por dicha puerta. Es una sensación indescriptible poder pasar por una puerta sagrada que otorga indulgencia y que representa un rito de paso hacia una nueva vida, una renovación espiritual y la búsqueda del perdón.

Para el tercer día de nuestra estancia en Santiago de Compostela, el destino nos llamó a la capital. Tomamos un vuelo a Madrid, donde nos esperaban dos días más para desentrañar sus misterios. Aprovechamos para visitar el imponente Palacio Real, perdernos en la vastedad verde del Parque del Retiro, respirar el aire bullicioso de la Plaza Mayor y otros sitios de interés que la capital española ofrecía con su habitual generosidad.

Al término de esos dos días madrileños, tomamos el vuelo de regreso a México, aterrizando en Cancún para luego emprender el último tramo de nuestro viaje, el que nos llevaría a nuestro hogar en Mérida, Yucatán.

Durante el regreso, el corazón venía rebozando de una alegría tan profunda que parecía desbordar el pecho, el alma limpia y ligera como una pluma al viento. En mis pensamientos, sentía la certeza de que el camino, ese ente caprichoso y seductor, volvería a llamarme. Pero no sabía si Julia, mi compañera de fatigas y milagros, estaría dispuesta a desandar la senda. Su andar había sido, sin duda, difícil, doloroso y complicado, una prueba de resistencia para el cuerpo y el espíritu. Sin embargo, sus ojos habían percibido experiencias jamás imaginadas, vislumbres de lo extraordinario en lo cotidiano. Al final, el camino, como una madre amorosa, siempre llama.


Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN

Inspirar a las personas a lograr sus propósitos, generar abundancia, apreciar las pequeñas cosas de la vida y fortalecer su conexión con la espiritualidad, tanto la propia como la de sus seres queridos.

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